El Bierzo - León

LEYENDA DEL MONASTERIO DE SANTA LEOCADIA


    Era Fuseros un pueblo rico e importante. Fue pueblo de los buscadores de oro, de los lavadores de las arenas, un pueblo peculiar y ponderante,  sobre todo, durante la romanización.
    Por su situación, en el valle submontañoso, en la concurrencia del río Era y los Corros, se libró de las iras del godo Teuderico en el siglo V así como, casi cinco siglos más tarde, del implacable paso de las tropas ismaelitas de Almanzor destruyendo el Camino de Santiago, que pasaba dos kilómetros más abajo por el valle del Era, por la villa de Taurón o Toral, que se había construido sobre las ruinas de Interamnium Flavium. Esta circunstancia hizo que, por su seguridad, se convirtiera en lugar de refugio para una condesa que en él habitaba.
    Esto explicaba el maestro y pidió a sus alumnos que narraran cómo habían oído a sus abuelos contar la historia de la fundación del Monasterio de Santa Leocadia o del Fontanal, y lo relataron como sigue.
    «Cuenta la tradición que una noble dama de Fuseros tenía un hijo pequeño que se divertía jugando con otros niños del lugar bajo la sombra de los alisos en la orilla del río, lugar al que iban a ver los pajarillos y las truchas, y en los remansos lanzaban pequeñas piedras para ver expandirse sus ondas en el agua cristalina, donde aprovechaban para bañarse los días cálidos de verano.


    Un día del estío, canicular y de tórrido sol, como de costumbre, se chapuzaban y jugaban salpicándose en el pozo junto al molino, al que llegaba el agua por un canal de madera, hecho con un gran tronco, y, después de mover ruidosamente el rodezno para que la muela dentro del molino convirtiera en harina los granos de trigo o centeno que los lugareños llevaban en una quilma a lomos de un burro, volvía al río donde se divertían.
    Aquel día repentinamente se oscureció la tarde, la luz del sol que pasaba por entre las nubes era amarilla y pronto comenzó a sentirse el retumbo de los truenos. Los relámpagos zigzagueaban por el aire sobre las montañas y el fragor de la tormenta se extendió por el valle. Las gruesas gotas de lluvia caían estrepitosamente rompiendo las hojas de los alisos y los árboles de los prados; los arroyos, fuera de sus cauces, corrían hasta el río por los caminos y las laderas de la montaña convirtiendo sus aguas en una impetuosa corriente.
   Los niños se apresuraron para cobijarse bajo el dintel de la puerta del molino y el saliente tejadillo bajo el que los labradores ataban sus asnos cuando llevaban o traían la carga para que no se mojara. Pero en este momento de emergencia y confusión el hijo de la condesa, al posar su pie sobre una redonda y lisa piedra, se resbaló cayendo al agua del río, que se había convertido en una gigantesca torrentera, arrastrando consigo al pequeño.
    ¡No se lo podían creer!, fue visto y no visto. No habían llegado al cobijo, no les había dado tiempo a vestirse, la ansiedad del infortunio les ahogaba. Dos de ellos corrieron a decírselo a su madre, los otros, llorando y semidesnudos corrían río abajo con la esperanza de rescatar al pequeño amigo. La noticia sobresaltó al vecindario que, a pesar de la tormenta, acudió presto al salvamento del niño. La condesa, desconsolada, lloraba con gran amargura y dolor, pero la angustia no la abatió en la desesperación. Sus lágrimas se deslizaban por sus mejillas, que secaba con un pañuelo de seda, mientras levantaba su frente en oración al cielo en demanda de socorro para su hijo, pues sólo un milagro podía salvarlo. Sus súplicas llegaron al Todopoderoso por intermediación de Santa Leocadia, a quien se encomendó, a ella y a Nuestra Señora, prometiendo edificar un templo en el lugar donde fuera encontrado sano y salvo.
    Con gran desesperanza los vecinos de Fuseros y los niños corrían por la orilla del río, y en el cielo eran escuchados los ruegos de la angustiada madre. Las bravas aguas se toparon con una barrera de troncos y ramaje que los labradores hacían en el río para sacar el agua por una presa para regar sus prados y fincas, y por ésta las mismas aguas echaron al niño hasta los aguales de los prados del Fontanal, donde fue recogido por los convecinos sin que ningún daño le hubiera pasado, y  se lo entregaron a su madre que, dando las gracias a la Virgen Nuestra Señora y a Santa Leocadia, cumplió su promesa y levantó en su honor un templo».

   Esto ocurrió hacia el siglo siete, y entorno a este santuario los santos Moisés y Valerio fundaron una comunidad de monjes, el monasterio de Santa Leocadia del Regazo del Era, que dirigieron . Más adelante, a la muerte de estos santos varones, Indisclo, obispo de Astorga, repoblador con el conde Gatón de la Cepeda y maragatería convirtió su iglesia en parroquia. Siendo obispo de Astorga San Genadio (909-919), restauró este monasterio, floreciendo de nuevo la vida monacal y siguió siendo la parroquia de Nuestra Señora para la feligresía de Quintana de Fuseros y del Coto de las Herrerías de Marciel hasta el año 1807.

* Santa Leocadia Catinera: catinus (lat.) significa cuenco, escudilla, objetos que pueden contener y en los que se puede verter y transportar líquidos y viandas para dar de comer a los necesitados, significando también regazo, acogida, y es así, que el río Era trajo al regazo protector de Santa Leocadia al hijo de la condesa, que lo recogió y atendió.

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