El Bierzo - León

3º........Al tercer Capitulo respondieron que el termino de Este Lugar, tan Solo   se estiende a un recinto y que  este ocupa como cosa de ocho quartales de sembradura poco mas o menos y que sus confrontaciones son a la parte del Oriente con el Rio, y a los otros tres Ayres con terminos de dicho lugar de Quintana y que su figura es la del margen, aunque no hera totalmente arreglada.
Es una finca totalmente dentro del territorio de Quintana de Fuseros, adquirida por el conde de Benavente para una industria.

V.

EL COTO INDUSTRIAL DE LAS HERRERÍAS DE MARCIEL


Las casas nobiliarias que dominaban el Bierzo, durante el siglo XV, iniciaron un proyecto industrializador de la zona promoviendo la siderurgia en la comarca, para lo que crearon sus empresas y factorías dedicadas a la fundición y transformación del mineral de hierro, lo que redundó no sólo en beneficio de los señores, sino que significó el progreso y un innovador desarrollo para los pueblos y las gentes, cuya economía se basaba exclusivamente en la agricultura,  ganadería e industria textil. Como fruto de este impulso surgieron las herrerías de Valcarce, en el valle del Valcarce; las de Arnado y Ponte Petre, en el del Selmo, y las de Marciel, en el valle del Era de Quintana de Fuseros.

En el lugar de Marciel existían sedimentos de hierro y estaba rodeado de montes poblados de urces, de cuyas raíces se hacía el carbón vegetal para las fraguas; la madera de roble y castaño era abundante en el ámbito del valle del Era, y este río, generoso, unía sus aguas con las del arroyo de Marciel antes de acoplarse al Boeza. Era un lugar bien comunicado, y, por todo ello,  fue elegido para instalar en él unas herrerías, surgiendo así dos factorías de fundición con cuatro fraguas cada una en un anejo de Quintana de Fuseros, coto próximo a una vena de hierro de donde se extraía la materia prima de este mineral.
Para llevar a cabo esta empresa siderúrgica, una vez elegido el lugar, fue preciso construir los edificios necesarios para albergar las fábricas de la factoría, así como proporcionar la residencia al personal encargado de la administración y a los empleados técnicos en la fundición y acabado del hierro, pues trabajaban día y noche desde el principio del otoño hasta el final de la primavera con el objeto de aprovechar el agua y, además, éstos, que eran maestros en el oficio, procedían de otros lugares o provincias.
Las herrerías se construían de una manera semejante unas a otras y se componían de un taller, que era el lugar principal, la nave de la factoría o local de producción, donde estaba el horno; un almacén o barracón anejo en el que se depositaba el mineral y las planchas producidas, cingladas y dispuestas para la venta, y una ragua en la que se calcinaba el mineral de hierro hasta cambiarlo casi a estado metálico. La ragua era una excavación en el terreno, fuera de la fragua, que solía comunicarse con el horno mediante una canal o zanja, colector que servía para transportar el hierro raguado hasta el horno para elaborarlo y hacer las zamarras, que, una vez cingladas, se transformarían en las planchas  aptas para la venta. El recinto de manufactura y transformación del metal albergaba una fragua y un martillo. Este mazo estaba accionado por un artilugio, que entraba por la orilla de una pared, movido por el agua al caer sobre una rueda que poseía en su extremo, y es donde se estiraba el hierro y se producían las barras metálicas. La fragua estaba formada por un machón o pilar de sillería, llamado cadenarte, un horno y dos fuelles grandes o barquines. Los fuelles eran accionados por otro madero, que penetraba por la otra orilla de la pared del recinto y se movía mediante otra rueda hidráulica, y funcionaban asincrónicamente  produciendo aire incesantemente para alimentar la combustión en el horno. Este era de forma circular, de unos treinta y cinco centímetros de anchura y otro tanto de profundidad, algo más estrecho en el fondo, se apoyaba en el cadenarte y tenía una abertura tubular en la parte inferior y lateral, que atravesaba el pilar para que a ella se acoplaran los cañones de los barquines y entrara el aire que éstos producían al crisol. Para sangrar la fragua se hacía correr la escoria que resultaba del carbón y del hierro por un agujero, que a este fin tenía el fogón en el lado opuesto a la tobera.
La empresa es taba al cuidado de un mayordomo o administrador, por cuenta de quien se hacían todos los trabajos, y éste tenía un mozo que le ayudaba, con el título de pasante, que era el que recibía y llevaba cuenta del mineral de hierro y del carbón que entraba, así como de lo carros de leña y otras provisiones y gastos que se originaban, y anotaba la producción realizada que pasaba al almacén, y los envíos y partidas que salían vendidos, generalmente hacia Castilla y Portugal. Estos eran los dos empleados que había en el establecimiento para su gobierno y dirección.
El resto de operarios u oficiales de la factoría estaba compuesto por un tazador, dos fundidores y dos tiradores. El tazador era el molinero, que rozaba y removía el mineral hasta dejarlo menor que el tamaño de una bellota, y ayudaba a los demás trabajadores. Una vez molido, antes de echarlo en la fragua, el mineral se calcinaba en la ragua o fosa, fuera de la herrería, al aire libre, formando una gran pila de mineral y madera verde, gruesa y sólida, de roble y castaño. Este montón hacinado permanecía ardiendo seis u ocho días, y tardaba otros tantos  o más en concentrarse y enfriarse, hasta llegar a ponerse casi en estado metálico. Esta operación preliminar la ejecutaba algún paisano de Quintana o pueblos cercanos práctico en ella, que se ayudaba de otras tres o cuatro personas. Generalmente no se hacía más que una vez al año, pudiendo combustionarse unos ciento cuarenta mil o ciento cincuenta mil kilos de mineral y gastarse doscientos carros de leña.
Desde la ragua, se empujaba el hierro a través de una zanja hasta la fragua, donde los fundidores lo reverberaban hasta crear una bola pastosa, llamada zamarra o agoa, de la que se encargarían los tiradores para cinglarla y estirarla con el mazo, desprendiéndola de las escorias y cerrando sus poros hasta convertirla en una barra. Uno de los tiradores era el capataz, que llamaban aroza, y se encargaba del buen estado y funcionamiento del mazo y la rueda que lo accionaba, así como los fundidores se responsabilizaban de tener preparada y sangrada la fragua y listos los barquines o fuelles, accionados también por otra rueda. En cada fundición entraban unos ciento cincuenta kilos de hierro que se transformaban en barras de unos sesenta o setenta kilos. Cada fundidor tardaba tres o cuatro horas en sacar su agoa, y descansaba mientras el otro sacaba la suya, turnándose, y del mismo modo lo hacían los tiradores para estirar el hiero debajo del mazo. Este descanso era  necesario, pues en las herrerías se trabajaba día y noche, excepto los festivos, durante la temporada anual, que podía durar entre siete y nueve meses, según la abundancia o escasez de agua.
Entorno a esta fábrica, además del personal fijo, se afanaban muchas personas. Los mineros extraían el estrato que los porteadores hacían llegar a las fraguas; otras veces había que contratar algún conductor para que acarreara con sus animales el mineral de otras explotaciones, pues el de la capa de los Mozones no debía ser suficiente para abastecer los cuatro hornos y la calidad era distinta según los filones, variando la producción sus virtudes según la demanda, ya que se vendía para fabricar utensilios de labranza, forjas, cañones, armas, calderas, potes, recipientes del hogar, y, de este modo, alguna de las fraguas se especializaba en producir barras de una determinada categoría. El carbón, de brezo o urces, se compraba a los carboneros que venían a venderlo, que ordinariamente eran labradores que lo fabricaban en las estaciones que tenían poco trabajo, y lo porteaban en sus carros de bueyes, en serones con las caballerías o al hombro en dos pequeños costales. Los trabajos de la ragua y quemado del mineral molido se contrataba a una cuadrilla, y para ello se necesitaba una gran cantidad de leña que debían comprar a los lugareños y gentes de los pueblos cercanos que lo llevaban con sus carros. Ante esta pujante y febril actividad no hubo previsión ni interés en crear talleres y otras fábricas de utensilios en el lugar o lugares aledaños, pues las barras de hierro eran vendidas todas para Castilla y Portugal, desde donde retornaban al mercado transformadas en aparejos y enseres cotidianos. Con ello, como las reservas de mineral disminuían y los bosques tardaban en regenerarse, este dinamismo fue disminuyendo

Camino de Castilla, que en su día fue Vía Nova y Camino de Santiago, a su paso por Quintana de Fuseros (amarillo). En esta imagen vemos los desvíos hacia las factorías de las Herrerías de Marciel, desde la mata Torre y desde el Rañadero.
       

hasta la inactividad, que era total en el siglo XVII, y de este modo, en el año 1753 el coto de las Herrerías de Marciel, como si pueblo fuera, pagaba foro perpetuo, o renta, sobre cuatro casas de fragua, arruinadas tres de ellas, al Excemo. Sr. Conde de Benavente cada año, y la que trabajaba sólo producía hierros del campo.


A finales del siglo XVIII, la administración borbónica dio un nuevo impulso a la industria siderúrgica, pero la escasez de mineral de hierro en el Valle del Era y la construcción de carreteras nacionales, que pasaban alejadas del lugar, en nada favorecieron a las Herrerías de Marciel.  Como fruto de este reformismo nacieron las herrerías de San Vicente de Leira, Linares y Pombriego, pertenecientes a los monasterios de Samos y de Montes; las de Torre y San Andrés de las Puentes, hechas por Carlos Lemaur, constructor de la carretera Madrid-Galicia, y más tardíamente, la de Tejedo de Ancares, creada por varios comerciantes ancareses residentes en Ferrol. Se desprende de esto que las Herrerías de Marciel, Valcarce, Arnado y Ponte Petre eran dos siglos más antiguas que éstas nuevas, entre las que se encuentra la del monasterio de Montes, que se exhibe en Compludo, y a la que se le sustituyó la inyección de aire mediante barquines por la de los torbellinos de trombas de agua.
Permaneció este anejo, resistiendo su ocaso, como un barrio que ocupaba no más de una hectárea, como un término dentro del territorio de Quintana de Fuseros, a donde habían migrado los apellidos vascos de los arozas, como el de Segura, y los de otros operarios, como el de Molinero, o el de Molinete, instalándose este último en San Justo de Cabanillas. Los intereses y posesiones de ambos núcleos se mezclaban y las mieses las majaban y limpiaban en Quintana, en el lugar llamado Eras de las Herrerías, en el Teso del Campillo.
Las Herrerías de Marciel formaba parte del concejo de Quintana de Fuseros, compartiendo y pagando a escote un censo redimible (préstamo con vencimiento a voluntad del deudor), y ambos eran la misma parroquia, pues así se les cita a la rogativa al Santo Ecce Homo celebrada en el Arciprestazgo de Boeza (Bembibre) en el año 1774, a la que acudieron bajo la  misma cruz y el mismo estandarte, como "Quintana de Fuseros y Herrerías de Marciel". El templo parroquial, patronal u oficial de ambos, era la iglesia de Nuestra Señora, que estaba en el Fontanal, ámbito del monasterio de Santa Leocadia, donde se encontraba también el camposanto. No obstante, algunas veces acudían a la ermita de Santa Lucía, cuando se celebraban los Oficios Litúrgicos en ella, y era ésta como la iglesia particular de las Herrerias de Marciel.
El mantenimiento de las casas de las fraguas, que sólo originaba gastos, y el pago de impuestos, que resultaba elevado para mantener un núcleo de vecinos tan pequeño, que había retornado a vivir de la agricultura, olvidado ya del florecimiento anterior de la siderúrgia, acarreó la paulatina descolonización del poblado, entre los años 1826 y 1833, migrando los habitantes de las Herrerías de Marciel a los pueblos próximos, en los que mantenían intereses y posesiones, como Quintana, Boeza, Cabanillas o San Justo.
La presa de las Herrerías se conserva y es utilizada para el riego de los prados que hay en la vertiente hacia el río, viéndose sus paredes derruidas que llegan hasta una roca cerca del cauce del Era, donde se hallan los edificios de las fraguas totalmente arruinados. Los restos de las casas se encuentran diseminados a un lado y otro del arroyo de Marciel, entre zarzas y negrillos (olmos).
El eclipse de las Herrerías acarreó también el de la ermita de Santa Lucía, que dio nombre al lugar del entorno de su ubicación, junto a la Cruz de Los Castros, y su imagen se encuentra en la iglesia de Quintana de Fuseros.
Relatan las personas mayores que en este paraje hubo un monasterio. Creo que se refieren más bien a las romerías que en el lugar se realizaban o fuera dotación de alguno de ellos.

©2003 - 2015 Ovidio Molinero Segura